Viernes 27 de febrero de 2026 |
Publicado a las
16:41 | Actualizado a las 16:42
Monumentos y memoria
Monumentos y memoria
El estallido de octubre de 2019 no solo remeció desde el punto de vista social y político, también, desgraciadamente, afectó el paisaje urbano. En Valdivia, la plaza de la República quedó con dos columnas desnudas. Las dos columnas que sostenían los bustos de fray Camilo Henríquez y Vicente Pérez Rosales.
En el debate nacional sobre el retorno de la estatua de Manuel Baquedano, símbolo de heroísmo para algunos, afrenta para otros, reaparece una pregunta de fondo, ¿qué hacemos con nuestra memoria material?
Retirar, reubicar o restaurar monumentos no es un gesto neutro, es una decisión sobre el relato que queremos narrar. Pero cuando el péndulo oscila hacia una cultura de cancelación indiscriminada, se corre el riesgo de empobrecer la conversación ciudadana y borrar matices imprescindibles.
Pienso en fray Camilo Henríquez, el fraile de la Buena Muerte. Resultó paradójico que fuese vandalizado el busto de quien, en el siglo XIX, fue uno de los precursores del proceso de independencia. Hombre de letras y de una gran sensibilidad social además de gran defensor de las ideas de libertad, igualdad y fraternidad, así como de la separación de los poderes del estado.
Sus ideas fueron difundidas a través de una proclama, que circuló el 6 de enero de 1811 y que se encontraba firmada por Quirino Lemáchez, nombre utilizado para proteger su identidad y evitar la persecución, un anagrama de su nombre: «De cuanta satisfacción es para un alma formada en el odio de la tiranía, ver a su patria despertar del sueño profundo y vergonzoso, que parecía hubiese de ser eterno, y tomar un movimiento grande e inesperado hacia su libertad […] vosotros no sois esclavos: ninguno puede mandaros contra vuestra voluntad. ¿Recibió alguno patentes del cielo que acrediten que debe mandaros? La naturaleza nos hizo libres, y solamente en fuerza de un pacto libre, espontánea y voluntariamente celebrado, puede otro hombre ejercer sobre nosotros una autoridad justa, legítima y razonable […]». Pionero también, en la divulgación de ideas y de información a través de La Aurora de Chile, cuyo primer número salió a circulación el 13 de febrero de 1812. Un pensamiento que evidentemente es el cimiento de una República Democrática.
¿Qué responsabilidad tuvieron él, Vicente Pérez Rosales y el general Manuel Baquedano en el alza del transporte o en las inequidades contemporáneas? Ninguna. Sin embargo, sus imágenes pagaron una cuenta simbólica que no les pertenecía. Valdivia, tierra natal de Henríquez, casi naturalizó ese vacío puesto que el retorno a su pedestal demoró mucho tiempo. La memoria requiere anclajes visibles, monumentos, placas, nombres de calles, etc. Sin ellos, el recuerdo se diluye.
El eventual retorno de la estatua del general Manuel Baquedano, así como lo fue la reposición de nuestros bustos, no debe leerse como nostalgia acrítica, sino como oportunidad formativa. El desafío no está en blindar estatuas como piezas sagradas ni en eliminarlas como si fuesen culpables de los males presentes. Debemos resignificarlas, incorporar el contexto histórico, abrir espacios educativos que permitan comprender las luces y las sombras de nuestra historia.
Una Nación madura no borra, explica. No cancela, dialoga. La memoria pública no puede transformarse en un campo de ajuste de cuentas permanente, donde cada generación reescribe el pasado. Si algo nos enseñó fray Camilo Henríquez fue precisamente lo contrario, que la libertad se funda en la deliberación, en el pacto y en la razón, no en la negación del otro.





