Sábado 04 de abril de 2026 |
Publicado a las
23:12 | Actualizado a las 23:12
Una sociedad que reacciona y no reflexiona
Una sociedad que reacciona y no reflexiona
Ha llegado abril, el mes de las lluvias mil. Un mes que invita al recogimiento, al abrigo y también a la introspección. Su primer fin de semana viene marcado por Semana Santa, una fecha fundamental para el mundo cristiano, sobre la cual se sostiene una de sus creencias centrales: la resurrección de Cristo. Se trata de un tiempo que, tras el bullicio de los carnavales de febrero, es precedido por la Cuaresma, instalando un período de reflexión constante, de pausa y de revisión interior.
Reflexión que, según el diccionario de la Real Academia Española, es el acto de pensar detenidamente, de meditar. Sin embargo, pareciera que hoy estamos cada vez más alejados de ella. Vivimos en una vorágine de inmediatez, donde la reacción suele imponerse por sobre la reflexión, y donde el ruido muchas veces opaca la profundidad.
Durante la semana pasada fuimos testigos de diversas manifestaciones, entre ellas una protagonizada por estudiantes secundarios. Convocada, según informó la prensa, por la ACES, esta movilización buscaba expresar rechazo a medidas impulsadas por el gobierno en materia educativa. ¿Se referirán al anuncio de aumentar las medidas de seguridad frente al aumento de la violencia al interior de los establecimientos educacionales?
Que paradoja, mientras unos marchan protestando por lo que asumo consideran improcedente, una profesional es asesinada en Calama. La realidad golpeó, desgraciadamente, con crudeza recordándonos que la violencia no es una abstracción ni un concepto discutible, es un fenómeno real, que debe ser abordado de manera urgente.
Entonces ¿por qué la marcha? ¿Cómo salen los estudiantes en horario escolar a cuestionar una medida que debiese ser aplaudida por ellos y, sobre todo, por sus padres? En este punto hago otra pregunta, ¿dónde están los padres, los primeros responsables de la seguridad de niños y jóvenes?
En este escenario, el rol de los padres y las familias resulta insoslayable. La formación en valores, el respeto por el otro, la capacidad de dialogar y resolver conflictos sin recurrir a la violencia no nace espontáneamente en el aula ni en la calle, sino que se cultivan desde el hogar. No se trata de inhibir la participación o la expresión de los jóvenes, sino de acompañarla, orientarla y dotarla de sentido. Padres presentes, atentos y comprometidos son un pilar fundamental para que esa energía juvenil se encauce de manera constructiva.
Quizás este abril, más que nunca, debiera invitarnos a detenernos. A reflexionar de verdad. No solo desde la consigna o la reacción, sino desde una comprensión más profunda de lo que ocurre a nuestro alrededor. Porque sin reflexión y sin el compromiso conjunto de familias, escuelas y sociedad, difícilmente podremos construir respuestas que estén a la altura de los desafíos que enfrentamos.




