Entre calabazas y villancicos

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Entre calabazas y villancicos
Imagen de contexto | Pexels
Entre calabazas y villancicos
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Publicado por: Lorena Liewald Dessy

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Aún no termina octubre y las vitrinas ya anuncian la Navidad. Árboles, luces, adornos ya han comenzado a instalarse en el comercio. En forma paralela, Halloween se prepara para su jornada del 31 de octubre. Así, entre calabazas, disfraces y villancicos, asistimos a una curiosa paradoja, mientras una celebración todavía no ocurre, pero es anunciada, otra ya intenta instalarse en el imaginario colectivo.

No se trata de cuestionar la libertad del comercio ni de desconocer la importancia que tienen estas fechas para la economía de cualquier país. El comercio dinamiza la actividad económica al generar empleo y responde, en buena medida, a las demandas de los consumidores. Sin embargo, cabe preguntarse en qué momento dejamos de ser nosotros quienes esperamos las festividades para convertirnos en espectadores de un calendario impuesto por las estrategias de venta.

La anticipación de la Navidad responde a una lógica comercial que busca prolongar los períodos de consumo, instalar tempranamente la necesidad de comprar y transformar la expectativa en una oportunidad de negocio. La celebración deja de estar delimitada por su fecha y comienza a expandirse según las necesidades del mercado.

La paradoja es evidente puesto que el comercio no espera a que Halloween termine para instalar la Navidad. Ambas festividades conviven en las vitrinas, disputándose la atención y el bolsillo de los consumidores. La experiencia cultural parece comprimirse en una sucesión de campañas comerciales, donde cada celebración pierde parte de su singularidad para integrarse a un ciclo permanente de consumo.

El problema fundamental no es que Halloween conviva con la Navidad ni que las tradiciones se transformen. Las culturas son dinámicas y se enriquecen mediante los permanentes intercambios. La cuestión es qué sucede cuando la lógica comercial adquiere mayor protagonismo que los significados que dan sentido a estas fechas. Cuando celebrar parece sinónimo de comprar, el mercado no solo organiza las vitrinas: también contribuye a moldear nuestras expectativas y formas de relacionarnos.

Quizás valga la pena preguntarnos si necesitamos adelantar la Navidad para vivirla mejor o si, por el contrario, al prolongar su presencia en el comercio,  terminamos vaciando parte de su significado. Entre las calabazas de octubre y los pocos villancicos que llegan antes de tiempo, el desafío es recuperar el sentido de las celebraciones y recordar que su valor no reside en cuánto consumimos, sino en aquello que compartimos, recordamos y transmitimos como sociedad.

Bajo esa lógica, no debemos olvidar que Halloween no es simplemente una celebración de disfraces y dulces. Sus raíces históricas remiten a antiguas tradiciones europeas relacionadas con el término de las cosechas, la muerte y el mundo espiritual. La Navidad, por su parte, nos remite al nacimiento de Jesús y, más allá de su dimensión religiosa, a valores como la esperanza, la generosidad, la solidaridad y el encuentro. Sin embargo, tanto Halloween como la Navidad corren el riesgo de quedar reducidos a una sucesión de productos y ofertas, donde sus significados originales ceden terreno frente a la necesidad de consumir.

Finalmente, Halloween necesita más dulces para tener significado ni la Navidad más semanas de ofertas para recuperar su espíritu. Lo que ambas necesitan es que recordemos por qué las celebramos.

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