La falacia del espantapájaros

La falacia del espantapájaros

La falacia del espantapájaros
Imagen de archivo: Ministra Lincolao en ceremonia de inauguración de año académico de la UACh
La falacia del espantapájaros
Imagen de archivo: Ministra Lincolao en ceremonia de inauguración de año académico de la UACh

Publicado por: Lorena Liewald Dessy

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Nuestra ciudad ha estado en el foco de la noticia. Lamentablemente, no por su belleza, su historia o su riqueza cultural, sino por hechos que nos avergüenzan. Tal como señalé en una opinión anterior, los acontecimientos ocurridos durante la inauguración del año académico de la Universidad Austral, instancia en el que la ministra de Ciencias, Ximena Lincolao, fue agredida, marcaron un punto crítico que no podemos relativizar.

Frente a este hecho, las reacciones no se hicieron esperar. Desde distintos sectores políticos surgieron declaraciones de condena, mensajes de apoyo y llamados a la reflexión. Sin embargo, en muchos casos, estas manifestaciones parecen quedarse en la superficie. Se redactan comunicados, se publican mensajes en redes sociales, se condena la violencia, pero rápidamente aparece un Pero que hay que leer en profundidad, puesto que no es inocente.

Es ahí donde emerge la denominada falacia del espantapájaros. Esta es una estrategia discursiva que consiste en distorsionar el argumento original para luego desacreditarlo con mayor facilidad. De esta forma, la condena a la agresión se diluye cuando se intenta justificarla indirectamente, desviando la atención hacia otros temas o responsabilizando al propio agredido o al contexto. Se construye un enemigo más simple, más débil, más conveniente, para evitar enfrentar el problema de fondo.

Este tipo de discursos no solo empobrece el debate público, sino que también normaliza la violencia como herramienta política o social. Cuando cada condena viene acompañada de una excusa, el mensaje que se transmite es ambiguo y peligroso, puesto que se desliza la posibilidad de que existan situaciones en los cuales la agresión puede ser comprensible.

Como sociedad debemos ser capaces de rechazar la violencia de cualquier tipo puesto que no existen matices. No puede haber algún Pero que justifique una agresión. Si realmente aspiramos a una sociedad reflexiva y no reactiva, el primer paso es la coherencia. Se debe : condenar con claridad, sin atajos discursivos ni estrategias que, en el fondo, terminan debilitando la propia condena. Solo así podremos recuperar el sentido del diálogo y el respeto que tanto necesitamos.

 

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