Martes 24 de febrero de 2026 |
Publicado a las
10:40 | Actualizado a las 10:59
Pan y circo
Pan y circo
Muchos hemos visto la película Gladiador. En ella, el emperador Cómodo se muestra muy aficionado al circo y efectivamente lo fue. No sólo disfrutaba el espectáculo, sino que en muchas ocasiones él fue protagonista de éste enfrentándose, por ejemplo, a animales en la arena del coliseo y no porque fuera o se creyese un therian.
Tema sobre el cual, por el momento, no me referiré, sino porque con ello lograba, además de exaltar su figura, cumplir con una máxima muy romana pero que la vemos, desgraciadamente, perpetuada en el tiempo: pan y circo.
Pan y circo vemos cada verano cuando se desarrolla la denominada alfombra roja del Festival Internacional de Viña del Mar. Con ella, se despliega un ritual de lentejuelas, luces y vestidos de diseñador. Se nos dice que es un evento de todos, una postal que nos identifica como país y que proyecta a Chile al mundo.
Sin embargo, este año, así como otros, el brillo contrasta con un contexto doloroso. Incendios que han golpeado con fuerza a distintas comunas, el grave accidente de un camión de gas y, en paralelo, cuestionamientos públicos a la gestión de la alcaldesa Ripamonti. Hace unos días, un medio de comunicación hacía la siguiente pregunta: ¿hay corrupción en la municipalidad de Viña del Mar?
Nos preguntamos, ¿qué significa desplegar un espectáculo en medio de la emergencia? Desde la historia, el concepto romano de pan y circo vuelve como categoría incómoda. No porque el festival carezca de valor turístico o económico, sino porque el entretenimiento masivo puede operar como distractor simbólico cuando la ciudadanía exige respuestas a un sinnúmero de problemáticas. El circo calma, emociona, cohesiona; pero también adormece.
Se argumenta que la gala genera empleo, dinamiza el turismo y mantiene una tradición instalada hace décadas. Todo eso es cierto. Pero también es cierto que el contexto importa. Cuando la agenda pública está marcada por la vulnerabilidad, la seguridad y la reconstrucción, el espectáculo puede percibirse como desconexión. No se trata de cancelar los eventos de ese tipo, sino de preguntarse por las prioridades y por el tono ético de las decisiones públicas.
Escuchamos decir que la alfombra roja nos representa. ¿A quiénes? ¿A qué Chile? La identidad no se construye solo desde los focos de televisión, sino desde las prácticas locales, desde las fiestas que nacen del territorio. Pienso inevitablemente en nuestro concurso, Reina de los Ríos, una celebración propia que articulaba comunidad, historia fluvial y participación ciudadana. Ese evento, con sus luces y sombras, emergió desde nuestra identidad. No era un espectáculo importado, sino una expresión cultural con raíces. Era un evento situado en el territorio.
Tal vez la pregunta de fondo no es sobre vestidos ni celebridades, sino sobre el sentido de los eventos. ¿Queremos una ciudad y un país que respondan con luminarias que enceguecen ante la adversidad, o con sobriedad y foco en lo esencial? El pan y circo nunca ha desaparecido, solo ha cambiado de formato. La verdadera discusión es si el espectáculo acompaña responsablemente a la realidad o si es un medio para desplazarla y enterrarla.





