Sábado 22 de agosto de 2026 |
Publicado a las
09:56 | Actualizado a las 09:56
El Tiempo también es parte del cuidado
El Tiempo también es parte del cuidado
Durante las últimas semanas se ha abierto una discusión relevante sobre los rendimientos médicos en el sistema público. Mediante un reciente oficio, el Ministerio de Salud instruyó a los Servicios de Salud ajustar la programación de las consultas de especialidad, aumentar determinados rendimientos y monitorear su cumplimiento, con el objetivo de mejorar la productividad y contribuir a reducir las listas de espera. Entre los cambios más discutidos está el aumento de dos a tres consultas nuevas por hora en especialidades como Geriatría y Oncología Médica.
El propósito que inspira estas medidas es compartido. Nuestro sistema mantiene tiempos de espera inaceptables para muchas personas y los recursos sanitarios son limitados. Existe, por tanto, una obligación de utilizarlos eficientemente.
El propio diagnóstico que fundamenta estas medidas ofrece una pista importante. Una auditoría ministerial habría identificado “fallas sistémicas” en la gestión de las horas médicas ambulatorias. Si existen problemas de programación, horas insuficientemente utilizadas, bloqueos de agenda o una distribución inadecuada de la oferta, corresponde identificarlos, supervisarlos y corregirlos. Del mismo modo, resulta razonable mejorar la pertinencia de las derivaciones, reducir tiempos ociosos y programar de acuerdo con la demanda efectiva de cada territorio.
Sin embargo, frente a problemas que son diversos, parece bastante discutible responder principalmente mediante estándares generales que reduzcan el tiempo disponible para la atención. La discusión no debería estar en si necesitamos mejorar nuestra productividad, sino en cómo hacerlo sin deteriorar la calidad y capacidad resolutiva de la atención que queremos entregar. Una buena gestión debería ser capaz de distinguir dónde existe capacidad desaprovechada, dónde falta programación y dónde, por el contrario, la complejidad clínica requiere proteger tiempos adecuados.
Esto resulta especialmente relevante porque la medicina que practicamos hoy no es la misma de hace una o dos décadas. Las personas viven más, aumenta la multimorbilidad, disponemos de mayores alternativas diagnósticas y terapéuticas y debemos entregar más información para que los pacientes participen adecuadamente de sus decisiones. Paradójicamente, mientras aumenta aquello que podemos y debemos resolver durante una consulta, aparece la presión por hacerlo en menos tiempo.
No todas las atenciones requieren lo mismo. Un control específico de una condición estable puede resolverse adecuadamente en pocos minutos. Una primera evaluación geriátrica de una persona con múltiples enfermedades y medicamentos probablemente no. Tampoco resulta equivalente revisar un examen conocido de un paciente conocido, que comunicar un diagnóstico de cáncer por primera vez, explicar sus alternativas terapéuticas y acordar los pasos siguientes. La diferencia no es sólo humana: es fundamentalmente clínica. Son actos médicos con distinta complejidad y distintas necesidades de información, examen y toma de decisiones.
Frente a las listas de espera aparece, además, un argumento recurrente: para quien esperó meses y nunca alcanzó una atención, una consulta de pocos minutos puede parecer preferible a ninguna. Esa realidad explica parte de la frustración de la ciudadanía y no debe minimizarse. Pero tampoco deberíamos transformar esa experiencia en el estándar al cual aspiramos. La persona que necesita ser atendida antes también tiene derecho a que, cuando finalmente acceda, su consulta tenga posibilidades reales de resolver su problema.
Por eso quizás necesitamos avanzar desde una discusión centrada exclusivamente en rendimientos hacia otra que incorpore con mayor fuerza la resolutividad. Una consulta más breve puede aumentar el número de prestaciones registradas, pero si deja problemas pendientes, obliga a nuevos controles, duplica exámenes o genera nuevas derivaciones, parte de esa ganancia de productividad puede terminar siendo sólo aparente.
También debemos preguntarnos qué ocupa actualmente el tiempo clínico. Es frecuente escuchar que los pacientes sienten que su médico permanece demasiado tiempo frente al computador sin siquiera dirigirle la mirada. Es una crítica que debemos considerar. Pero escuchar, examinar, revisar antecedentes, razonar clínicamente, explicar decisiones y registrar adecuadamente deben coexistir dentro de la misma consulta. Cuando disminuimos su duración sin intervenir sobre la carga administrativa, las plataformas fragmentadas o los procesos redundantes, inevitablemente hacemos competir esas tareas entre sí.
Allí existe un amplio espacio de mejora. Una ficha clínica interoperable puede evitar reconstruir información que el sistema ya posee. Una mejor coordinación entre atención primaria y especialidades puede aumentar la pertinencia de las derivaciones. El acceso oportuno a exámenes evita consultas destinadas exclusivamente a completar estudios. La telemedicina puede resolver determinados problemas de manera eficiente. Las herramientas digitales pueden reducir la carga administrativa. También podemos mejorar la gestión de agendas y pabellones, fortalecer la contrarreferencia y organizar atenciones considerando su complejidad. Todo esto también es productividad.
Y probablemente sea allí donde debemos concentrar buena parte de nuestros esfuerzos: no sólo en obtener más prestaciones de las horas disponibles, sino en conseguir que cada hora clínica produzca mayor valor sanitario.
Esta discusión tampoco pretende establecer diferencias entre medicina pública y privada ni defender un número rígido de minutos para cada consulta. Existen distintas formas de organizar la atención y una consulta breve puede ser perfectamente adecuada cuando las condiciones clínicas lo permiten. Precisamente por eso resulta difícil sostener que un mismo estándar pueda representar correctamente toda la diversidad de la práctica médica.
Existe además una dimensión que no deberíamos ignorar. Cuando el tiempo disponible se vuelve insuficiente de manera permanente, aumenta la presión sobre profesionales que deben decidir qué parte del acto clínico abreviar para cumplir con la agenda. Sostenido en el tiempo, esto favorece el desgaste, la incertidumbre vocacional y dificulta precisamente aquellas características que los pacientes esperan encontrar en una buena atención: escucha, examen cuidadoso, reflexión clínica y comunicación adecuada.
Los médicos no tratamos “una hipertensión”, “una diabetes” o “un cáncer” de manera aislada. Atendemos personas que pueden vivir simultáneamente con varias de esas condiciones. La creciente complejidad de la medicina exige mayor capacidad de integrar información y priorizar problemas, no simplemente contabilizarlos por separado.
Tenemos entonces un objetivo compartido. Los pacientes necesitan ser atendidos antes. Los equipos deben utilizar responsablemente sus horas. Los gestores necesitan corregir ineficiencias y las autoridades deben asegurar que recursos siempre limitados produzcan el mayor beneficio posible.
Pero optimizar recursos no significa necesariamente comprimirlos de manera uniforme. Gestionar bien también significa saber diferenciar. Por eso, frente a la necesidad indiscutible de reducir las listas de espera, no deberíamos aceptar una falsa elección entre atender más o atender mejor. El desafío es atender más y mejor.
Conseguirlo exigirá revisar rendimientos cuando corresponda, pero también programación, tecnología, burocracia, coordinación, infraestructura, pertinencia de las derivaciones y nuestros propios indicadores. Exigirá identificar dónde están efectivamente las ineficiencias y corregirlas allí donde ocurren, en vez de trasladar automáticamente esa presión al tiempo destinado a cada paciente.
La medicina deberá hacerse más eficiente y quienes la ejercemos debemos participar activamente de ese proceso. Pero existe un principio que debería orientar cualquier transformación: no tratamos enfermedades, tratamos personas.
Frente a las brechas de nuestro sistema sanitario, mejorar no puede significar encontrar el menor estándar que seamos capaces de tolerar. Debe significar avanzar hacia el mejor estándar que seamos capaces de alcanzar. Porque los recursos son limitados y precisamente por eso debemos utilizarlos bien. No buscando el menor tiempo en que sea posible realizar una consulta, sino generando las condiciones para que cada atención sea oportuna, pertinente y resolutiva.
Ese debería ser nuestro horizonte común: no simplemente hacer más, sino hacerlo mejor para poder llegar a más.





