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Los Opinantes Lunes 25 de Febrero de 2019 | Publicado a las 22:51 | Actualizado a las 22:51

Cuidados y desigualdad social: Avanzar de lo privado a lo público

Publicado por: Verónica Fuentes Guarda
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Se acerca el 8 de marzo, fecha en que se conmemora del Día Internacional de la Mujer Trabajadora y que, de forma similar a lo ocurrido el año pasado, este año viene acompañado de la convocatoria a la huelga mundial formulada por el movimiento y organizaciones feministas abogando por mayor igualdad de derechos y oportunidades […]

Se acerca el 8 de marzo, fecha en que se conmemora del Día Internacional de la Mujer Trabajadora y que, de forma similar a lo ocurrido el año pasado, este año viene acompañado de la convocatoria a la huelga mundial formulada por el movimiento y organizaciones feministas abogando por mayor igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres. El llamado es a paralizar actividades laborales, estudiantiles, de cuidado y de consumo.

A diferencia de lo que ocurre habitualmente en otras huelgas, ésta se diferencia por incluir no sólo las actividades remuneradas, sino también aquel trabajo que se realiza, muchas veces, sin remuneración y de manera invisible, al interior de las familias, como lo es el proveer de cuidados. Esto último ha sido de especial preocupación a partir de la década de los 90’s, por parte de académicas y activistas. Pero ¿qué hay tras los cuidados, que han motivado su reflexión y cuestionamiento como parte de esta huelga internacional?

Para responder esta interrogante, me interesa destacar que los cuidados son organizados en función de un conjunto de factores de desigualdad social, sobre los cuales poco se discute y que permanecen ocultos por un discurso que apela al “amor”, como principal y, muchas veces, única motivación.

Cuando hablamos de cuidados, probablemente, imaginemos a alguien recibiendo cuidados: un enfermo, un niño o niña, por ejemplo. Nadie podría negar la importancia de esta labor. Desde una mirada feminista, se ha enfatizado en que el trabajo de cuidados es profundamente relacional y resulta fundamental para aquellos integrantes de los hogares que, por edad o condiciones físicas o mentales, no pueden realizar sus propias tareas cotidianas, de manera autovalente. De allí la necesidad de reconocerlo y visibilizarlo. Sin embargo, la historia nos muestra que, socialmente, se ha entendido que algunos integrantes de las familias y de la sociedad en su conjunto, pese a ser “adultos y sanos”, gocen del privilegio de ser liberados de realizar tareas de cuidados. Es en este foco que me interesa llamar la atención, pues en mi opinión, este hecho demuestra distintas formas de desigualdad que operan en nuestra sociedad.

De este modo, hombres y mujeres, blancos (o lo que culturalmente se entienda por ello) y de las clases más acomodadas, han sido históricamente eximidos de tareas como cocinar, lavar ropa, planchar, preparar alimentos, etc. Pero en las familias más pobres, también operan tales privilegios para algunos integrantes. En ambos casos, siempre hay alguien que debe realizar ese trabajo, ya sea una persona contratada para ello o alguien de la misma familia. En el primer caso, afortunadamente, se ha avanzado en los últimos años, en la legislación laboral a fin de garantizar los derechos de trabajadoras domésticas asalariadas.

En el segundo caso, la situación es más incierta. Algunos sostendrán que cocinar, asear, etc., para la familia es una expresión de cariño, lo cual resulta cierto y loable cuando hablamos de niños y niñas o personas postradas, entre otras. Cuidar a estas personas es parte de la responsabilidad social que tenemos para quienes nos rodean y lo necesitan. Esto no resulta igualmente válido cuando se trata de adultos sanos. En este caso, a mi entender, el discurso del “amor” no nos permite reconocer con claridad las desigualdades que pueden estar ocurriendo en la privacidad de las familias.

Pero la relación de cuidados no termina allí. Los otros componentes de la relación se refieren a quién ejecuta esta labor y a qué se provee como tal. Por razones de género, habitualmente son mujeres quienes realizan tareas de cuidados; por razones de clase y etnia, son aquellas mujeres que tienen menos posibilidades de insertarse en el mercado laboral quienes lo proveen. Entonces no es de extrañar que parte significativa de quienes realizan funciones de cuidados, ya sea de manera remunerada o no, sean las mujeres más pobres y pertenecientes a grupos étnico-nacionales considerados más abajo en la estructura social.

Respecto de los contenidos de cuidados, también operan criterios de desigualdad, pues cuando es posible, se traspasan a terceros aquellas tareas que resultan más desagradables, agotadoras y/o sucias. De este modo, por ejemplo, la mayoría de nosotros preferirá pasear a un bebé, que limpiar y asear los baños ajenos; para esto último, un tercero será más deseable.

Visto de esta forma, proveer cuidados en una estructura de igualdad, resulta una tarea pendiente en Chile. No sólo porque cada vez hay menos adultos disponibles en las familias para realizar estas labores, dado los cambios demográficos y laborales que experimentamos, sino también porque su realización conlleva el riesgo de reproducir desigualdades de todo tipo. De esta forma, los cuidados están lejos de ser sólo un tema privado, de resorte sólo de las familias. Deben ser entendidos como una necesidad social en donde el Estado debe impulsar los cambios institucionales que se requieran.

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