Los costos de no invertir en conocimiento

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Los costos de no invertir en conocimiento
Imagen de contexto | Pexels
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Publicado por: Jorge Alvial Pantoja

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La actual discusión sobre los recortes al Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación no es simplemente una diferencia presupuestaria. En el fondo, es una discusión sobre el modelo de desarrollo que queremos para Chile. Porque cuando un país reduce su inversión en ciencia, no solo disminuye recursos: limita capacidades, posterga oportunidades y debilita su futuro.

La Historia nos ha enseñado que el mundo ha avanzado de manera revolucionaria gracias al conocimiento, ninguna otra variable ha sido tan determinante en el progreso de la humanidad como la capacidad de investigar, innovar y transferir saberes entre generaciones. Las grandes transformaciones de la humanidad, nacieron del desarrollo científico y tecnológico.

Ejemplos como la medicina, la biotecnología, la ingeniería y las ciencias humanas demuestran con claridad que la educación, la investigación, la transferencia de conocimiento y la innovación constituyen los pilares fundamentales de una sociedad moderna. Por ejemplo, la medicina ha permitido aumentar la esperanza de vida y enfrentar enfermedades complejas; la biotecnología revoluciona la producción alimentaria y farmacéutica; la ingeniería transforma nuestras ciudades, infraestructura y conectividad; mientras las ciencias humanas fortalecen la comprensión social, la democracia y las políticas públicas.

Pero la ciencia no solo construye futuro en el largo plazo. También mejora el presente. Permite optimizar procesos tecnológicos, aumentar la productividad, modernizar el Estado y diseñar políticas públicas más eficientes. Gracias al conocimiento es posible gestionar mejor los recursos públicos, reducir burocracia, planificar con evidencia y responder de manera más efectiva a desafíos complejos como las crisis sanitarias, el cambio climático, la seguridad hídrica o la transformación digital.

Un Estado que incorpora ciencia y tecnología no solo toma mejores decisiones: también utiliza de manera más eficiente sus recursos. Allí radica una diferencia esencial entre las naciones que lideran el desarrollo y aquellas que permanecen atrapadas en lógicas de corto plazo.

La experiencia internacional es contundente, países que apostaron decididamente por la investigación y la innovación —como Corea del Sur, Finlandia, Singapur, o el ahora gigante China— lograron transformar economías vulnerables en economías sofisticadas, competitivas y resilientes. Comprendieron que el verdadero motor del desarrollo contemporáneo no está únicamente en los recursos naturales, sino en la capacidad de generar conocimiento propio.

En regiones como Los Ríos, esta realidad adquiere una dimensión especialmente concreta. La articulación entre universidades, centros científicos y desarrollo territorial permite abordar desafíos vinculados, por ejemplo, a la gestión sustentable del agua, la innovación agroalimentaria, la infraestructura resiliente, la conservación ambiental y el turismo científico. Aquí la ciencia no es abstracta: se transforma en desarrollo territorial y bienestar para las personas.

Por eso, debilitar la inversión en ciencia representa un retroceso estratégico. Cada recorte significa menos investigación, menos innovación, menos oportunidades para jóvenes talentos y menor capacidad del país para enfrentar los desafíos del futuro. También implica transmitir una señal equivocada a las nuevas generaciones: que el conocimiento no constituye una prioridad nacional.

Chile necesita comprender que el desarrollo del siglo XXI dependerá cada vez menos de la extracción de recursos y cada vez más de la capacidad de producir ideas, tecnología e innovación. Apostar por la ciencia es apostar por empleos de calidad, soberanía tecnológica, crecimiento sostenible y una sociedad con mayores oportunidades, porque mientras los recursos naturales pueden agotarse, el conocimiento tiene la capacidad de multiplicarse, expandirse y transformar permanentemente la realidad.

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